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12 AGOSTO 2011    

Ginette Reynal habla a seis meses de la muerte de su marido

 
Foto: LA NACION 

La anécdota pinta con fidelidad su presente. Ginette Reynal (51) recuerda que después de saludar a quienes se habían acercado a darle el último adiós a su marido, el empresario y polista Miguel Pando Soldati, quien murió el pasado 24 de enero a los 44 años, dejó la pequeña iglesia de San Miguel del Monte y, junto con sus hijos, Mia (20), Martín (18) -fruto de su primer matrimonio con Manuel Flores Pirán- y Jerónimo (13), el único hijo con Pando, regresó al campo para reencontrarse con el resto de su familia. En una habitación, con la luz apagada, la esperaba recostada su abuela materna, Malena Nelson de Blaquier, de 95 años. ''Nunca me voy a olvidar de la escena. Me acuerdo de que entré y la saludé -ella sufre de Alzheimer- y enseguida me preguntó cómo andaba. ‘Y… más o menos. Acabo de enviudar´, le contesté. ‘A ver, prendeme la luz.´ Entonces me miró, me tomó la cara y dijo: ‘Vení, dame un beso. No te preocupes, ahora vas a ser una viudita alegre´.''


A seis meses y medio de la muerte de su marido, la actriz dice no haber perdido su optimismo ni el sentido del humor que siempre la caracterizaron. Con la mirada y la energía puestas en sus hijos, Gina (como la llaman cariñosamente sus amigas) asegura que está lista para volver a empezar.


-¿Cómo te llevás con esta nueva vida? ¿Terminaste de hacer el duelo?


-Estoy bien, andando. Acepto las cosas como son, intento ocuparme de mi persona, tratando de continuar mi vida con la mejor predisposición posible. Creo que la mejor manera de honrar a Miguel es disfrutar cada momento de mi vida. Porque yo estoy viva.


-¿Pensaste en retomar la actuación?


-Sí, ya me empezaron a dar ganas de volver a trabajar. Me llamaron para hacer televisión pero no sé si está bueno para este momento. Me parece que hoy la televisión se tornó un poco agresiva, se juega más fuerte, más sucio y te exige mucha fortaleza para bancarte esos embates. Prefiero hacer teatro, cine o algo más intimista. Me encantaría que se muestre Cuadros de una exposición, la última película de Raúl de la Torre, que después de su muerte no se pudo estrenar; yo actúo de psicóloga...


-¿Seguís pintando?


-Sí, aunque no tanto como antes. La pintura es un lenguaje muy rico, una forma de comunicarse que saca sensaciones y sentimientos desde lo más profundo de uno. Mientras pintás surgen cosas que al verlas plasmadas en el cuadro no podés creer de dónde han salido. Como toda expresión artística, la pintura es muy terapéutica. De hecho, el arte en sí mismo es muy curativo. Tengo facilidad y un ojo formado en lo estético, pero no lo siento un trabajo: es un proceso de investigación que me alimenta.


-¿Cómo es hoy tu rutina?


-Te diría que no tengo una secuencia planificada. En realidad, ahora estoy mucho más dispersa. Mientras Miguel estuvo enfermo, pintar se convirtió en un hecho muy presente y metódico. Lo tomaba como un ejercicio casi diario. En vez de tomar un Rivotril, me ponía a pintar. Ahora, en cambio, me dispersé un poco. Tal vez por la necesidad de liberarme. Mi vida cambió mucho desde su muerte. Antes tenía una estructura familiar que incluía una casa grande, con perros, mi marido y mis tres hijos. En casa hacíamos las cuatro comidas, cumplíamos los horarios tradicionales y los roles estaban muy marcados. Y de un año para el otro, todo cambió.


-¿Por ejemplo?


-No hay horarios ni un orden preestablecido. Con los chicos estamos bastante desordenados, no cocino mucho, así que recurrimos al delivery y a comer un poco más de chatarra. Además, me mudé a un lugar más chico. Toda la enfermedad de mi marido transcurrió en la que era nuestra casa en San Isidro, así que elegimos dejar ese lugar para no recordar ese proceso tan doloroso para él y para todos nosotros. Me mudé en marzo: entendí que era una manera de empezar de nuevo y recuperar la imagen de él sano, para que estuviera presente entre nosotros pero de otra manera: con los mejores y más felices recuerdos. Hoy trato de disfrutar cada instante con mis hijos, mis amigas, mi familia. Por naturaleza, soy una persona optimista y alegre. Me gusta divertirme y tengo sentido del humor. Me pasa que muchas personas confunden eso con que a mí no me importa nada o quiero menos… Hay cierta exigencia social -a veces pienso que es morbo- de cómo se debe comportar una viuda, y no me parece sano que sea así. El sufrimiento excesivo nunca es bueno.


-Hay un dicho budista que reza que el dolor es inevitable y el sufrimiento, opcional.


-Exactamente. Para mí las circunstancias que nos tocan en la vida son oportunidades de aprendizaje. Lo que nos pasó a nosotros nos dejó un montón de enseñanzas como familia y nos hizo reflexionar. A mí, particularmente, me enseñó a no juzgar a nadie, a recibir la vida como viene, a tratar de vivir lo mejor posible, a valorar la existencia desde el placer, lo agradable, lo lindo.


-¿Cómo vivieron tus hijos la enfermedad de Miguel?


-Siempre unidos y con el apoyo de la familia y de psicólogos. Con Miguel peleamos contra la enfermedad, probamos todas las alternativas. De todos modos, creo que una enfermedad tan intensa y destructiva como el cáncer tiene más que ver con el envenenamiento de tus pensamientos, de la negatividad. Yo creo que tiene que ver con el mal procesamiento del sufrimiento y la tristeza. Yo lo acompañé y fui su mujer durante dieciséis años. Pero nacemos solos y morimos solos.


-Hiciste un paréntesis en tu carrera para cuidarlo...


-Yo dejé todo para estar con él. Quería estar ciento por ciento presente, para que nada de él se me escapara, para disfrutarlo. Tuve un matrimonio maravilloso, un marido increíble: sigo agradeciéndole a Dios cada día por haber sido amada por un hombre como él. Miguel me convirtió en la mujer que soy. El me enseñó y me ayudó a formar la familia que tengo hoy.


-¿A quién te aferraste en los momentos de dolor?


-Soy creyente, aunque no me aferro a nada en particular. Trato de contenerme a mí misma y mi apoyo máximo siempre fueron mis amigas, mis hijos y la familia de mi marido.


-¿Cómo te llevás con tus hijos?


-Nos acompañamos y contenemos mutuamente. Cada uno hizo y está haciendo su proceso. Hay momentos en que hablan un montón y otros que eligen el silencio. Mia, la mayor, está prácticamente independizada porque vive sola. En casa viven mis dos hombres, Jerónimo (13) y  Martín (18). Nos estamos adaptando muy bien, por suerte. Con mis hijos estamos haciendo terapia. De alguna manera, hay que procesar el dolor y la ausencia, metabolizarlos para permitir que circulen por adentro y se liberen.


-¿Cuál es el legado de Miguel?


-Nos dejó un sentido profundo de familia. Fue un excelente padre: muy presente, gran compañero y amigo de sus hijos. Y un muy buen amigo de sus amigos.


-¿Qué soñás para el futuro?


-En este momento estoy súper plantada en el presente. Dios dirá. Si hay algo que me enseñó todo este proceso es a no proyectar la mente y la vida hacia delante. Uno puede soñar muchas cosas y tener muchos proyectos, pero si Dios decide que te tenés que ir, te vas. Por eso prefiero vivir el hoy.

 

Entrevista: Jacqueline Isola
Fotos: Ignacio Arnedo
Asistente: Tadeo Jones
Producción: Georgina Colzani

Maquillaje: Mauricio Camilo, para Estudio Correa,
con productos Lâncome
Peinado: Nancy Canet
Agradecimientos: Tucouture por Andrea Martínez,
Joyería Zanetti, Holi y Clider.