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Revista ¡HOLA! Argentina
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25 JULIO 2017     

Pata Villanueva: “Siempre viví sin pensar demasiado en las consecuencias, ahora soy más consciente de mis actos”

A los 65, hace teatro, disfruta de una fama renovada y se anima a estar sola. Hace cinco años enviudó del empresario Martín Bernt, de quien dice: “Él fue mi gran amor, me cuesta superar su ausencia”

Logré todo lo que me propuse y ahora lo único que quiero es calma”. Quien habla es Pata Villanueva (65), esa chica de San Isidro cuyo destino cambió por completo cuarenta años atrás cuando protagonizó una propaganda de cigarrillos y revolucionó el entonces pequeño mercado de la publicidad con su belleza. “Así empezó mi vida en las revistas. Tenía doce tapas y no había hecho nada en televisión”, cuenta desde el living de su departamento de Palermo, donde recibe a ¡Hola! Argentina.

Son tiempos serenos para María del Carmen [su verdadero nombre], que nunca le hizo caso al “qué dirán” y se dejó guiar por sus deseos. Madre de Agostina Caballero (40), Bernardita (38) y Robertino Tarantini (34) y abuela de Joaquina (5), la única heredera de su hija mayor, Pata vivió en España, Italia, Francia, Suiza, México y Estados Unidos y volvió instalarse en Argentina cuando Martín Bernt (argentino, estuvo radicado en México, era dealer de piedras preciosas), su último marido, fue diagnosticado con cáncer de páncreas.

“Después de su muerte [el 16 de mayo de 2012] y el duelo, volví a trabajar y a tener responsabilidades. Ahora estoy sola, como al principio, y aunque me siento bien, es raro. Me costó acostumbrarme a estar sola y tener que ganarme el mango. Me siento de 18, con la única diferencia de que ahora tengo más de 60”, se ríe y da comienzo a una charla sincera.

–Sos una de las Extinguidas, en la obra de José María Muscari. ¿Cómo fue volver al teatro?

–El teatro me enseñó a tolerar a mis compañeras y a cumplir con el trabajo. Estaba acostumbrada a hacer lo que se me daba la gana y me gusta la satisfacción que me queda después de hacer la función.

–¿Cómo vivís esta fama “renovada”?

–Lo que más me sorprendió es que la gente se acordara de mí y de mi historia. Si bien para mí la fama siempre fue algo natural, que vino por añadidura, es muy reconfortante que te recuerden. De todas maneras, ahora no salgo como antes y hago otros programas: me veo con mis amigos de siempre, me junto con mis hermanos, juego al backgammon… Tengo otra realidad.

EL CORAZÓN DE UN ESPÍRITU LIBRE

Su vida, sin embargo, no fue tan slow como lo es ahora. Se casó por primera vez con Héctor Caballero, de quien se separó cuando le descubrió un affaire con Valeria Lynch. Tras un fugaz romance con Carlos Monzón, conoció a Alberto Tarantini –cuatro años menor– y se convirtió en la primera “botinera” argentina. Dejó todo para seguir al futbolista por Europa. Su matrimonio duró catorce años y terminó cuando, tras una serie de infidelidades mutuas (ella tuvo un romance con Phillipe Junot, ex de Carolina de Mónaco, con el tenista paraguayo Víctor Pecci y con el empresario monegasco Jean-Claude Marsan), ambos decidieron ponerle punto final a la relación. Ese verano, Pata conoció en Punta del Este a David Lebón, con quien convivió durante tres años, pero la relación no prosperó. “David era divertidísimo, un tipo muy especial”, confía.

“Así como adaptarme con facilidad fue una de mis grandes virtudes, no pensar en las consecuencias fue mi gran defecto”, reflexiona Pata, cuyo tercer marido, Bernt, le propuso casamiento al día siguiente de haberla conocido en Buenos Aires. “Toda mi vida viví sin pensar demasiado y ahora soy mucho más consciente de mis actos”, añade.

–¿Le fuiste infiel a Martín?

–No. Salvo a él, que fue el gran amor de mi vida, y a Héctor, les fui infiel a todos.

–¿Soñás con volver a vivir un amor así?

–Lo veo difícil. Martín llenó todas mis expectativas y sería muy raro encontrar alguien mejor que él. Ahora estoy haciendo la plancha y no estoy para algo que no sea amor de verdad. Si llega, bienvenido sea.

–¿Seguís considerándote una transgresora?

–Si bien ahora varios me dicen que yo les encantaba porque era libre, en su momento me criticaron mucho y no me aceptaron. Sin buscarlo, generé mucha envidia y hubo muchos momentos en los que me sentí muy sola. Lo que a mí siempre me movió fue la aventura. Soy observadora, curiosa y siempre tuve alma de “busca”. Mi primer trabajo fue con Alicia Betti en Recepciones [antes de convertirse en modelo, hacía de promotora]. Le pedía que me asignara todas las exposiciones y trabajaba como una loca durante tres meses porque lo único que quería era irme a Europa. Siempre me gustó viajar.

–¿De quién heredaste el gusto por los viajes?

–De mi tío abuelo y padrino, Juan Goyanarte. Era escritor y viajaba por el mundo. Cada vez que volvía, me traía alguna cosita y hablábamos de sus travesías durante horas. De ahí que siempre quise irme, expandir mis horizontes, ¡volar! A esta altura, puedo afirmar que la única constante en mi vida fue una valija. Me cuesta mucho quedarme en un solo lugar.

–¿Cómo vivís el paso del tiempo?

–Si bien me pasan cosas de vieja, como el dolor en la espalda –algo nuevo para mí–, la vejez es un estado de ánimo.

–No fuiste una madre tradicional. ¿Eso afectó la relación con tus hijos?

–Me llevo bárbaro con los tres, así que algo bien debo haber hecho. Cada tanto me pasan una factura, pero ya no tanto como antes. Mis grandes anécdotas [como la cantidad de hombres que tuvo en su vida, entre otras] ya prescribieron.

–Tu hija, Agostina, te dio una nieta.

–Joaquina tiene 5 años y es maravillosa. Martín se estaba muriendo cuando Agos, que no podía tener chicos, quedó embarazada. Vino un día de visita y cuando nos contó que iba a ser mamá, me largué a llorar. Estaba muy angustiada por Martín y feliz por la noticia de que iba a tener una nieta. Me acuerdo de haber pensado: “Dios me mandó este regalo”. [Se emociona]. Desde que nació estoy perdidamente enamorada de mi nieta.

–¿Qué tipo de abuela sos?

–Si bien ella tiene a sus cuatro abuelos, creo que soy la más divertida. Con Joaquina jugamos a disfrazarnos, a escondernos, a bailar… Y, aunque todavía no entiende mucho, ya le estoy enseñando a jugar al backgammon y al ajedrez. Ella me conecta con la niña que fui y en casa todo está permitido: revolver los cajones, jugar con mi maquillaje, hacer huevos fritos a cualquier hora.

LA PRUEBA MÁS DIFÍCIL

–¿Cuál fue el momento más duro de tu vida?

–La muerte de Martín. Fue un proceso que duró tres años, porque primero tuvo una depresión aguda y después vino el diagnóstico de cáncer. Primero se quería morir y después quiso aferrarse a la vida. Él era así, un tipo de extremos: tuvo diez veces más vida que yo, un aventurero de quien tengo sólo buenos recuerdos.

–¿Cómo fueron estos años sin él?

–Me dejó una plata para que yo viajara a los mejores lugares. No la podía usar en otra cosa. El viaje duró dos años: fui a Marruecos, Rusia, Grecia, Canadá. Tuve la chance de reencontrarme con un montón de amigos.

–Un duelo poco común.

–Sí. Él sabía que me encantaba viajar y me regaló eso. A mí me angustiaba muchísimo la idea de volver a México porque todo me recordaba a él y fue la mejor despedida. Con sus hijos y amigos tiramos sus cenizas al mar de Cozumel, como él quería. Se fue como una ráfaga, en un segundo. Nunca más pisé México.

–Hasta se decía que te habías vuelto millonaria…

–Es un disparate, ¡nada que ver! Sus chicos merecían todo y Martín me dejó bien parada. Gracias a él tengo mi casa, mis cosas, pero no soy rica.

–A tus 65 años, ¿cómo da el balance?

–Tuve suerte y, aunque mi camino fue muy sinuoso, aprendí que a la vida hay que disfrutarla día a día. Las pequeñas cosas son las que más felicidad te dan y no está bueno cortar con los afectos. Cuando alguien querido se muere, no hay que entregarse a la tristeza. A todos nos va a llegar la muerte y, al menos en mi caso, estoy segura de que va a ser el viaje más alucinante.

  • Texto: María Güiraldes
  • Fotos: Matías Salgado
  • Producción: Laura Fernández
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